Cuando al comenzar Semana Santa fallece el patriarca de la familia, su esposa Consuelo y una de sus hijas, Beatriz, pugnan entre enterrarlo pronto o esperar a su otra hija, Betina, quien lleva casi 25 años sin volver al país. Consuelo decide esperar a que esta última llegue, lo cual conlleva a que el entierro se postergue varios días y mientras tanto tendrán que velar al difunto en la sala de su casa. Con la llegada de Betina y su hija, Juana, el contraste entre la abuela blanca, las hijas y la nieta mestiza, y sus diferencias generacionales termina por tumbar las paredes que las separaban y entonces reconcilian las bellezas y dolores de su pasado y toman las decisiones que siempre dejaron que el jefe de la familia hiciera por ellas.

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